La migración y el tiempo mantuvieron separados a los hermanos, uno viviendo en Gran Canaria y el otro en Cuba, hasta que el destino y la determinación familiar los unieron de nuevo. Este reencuentro, que tuvo lugar en El Tablero, es un testimonio de la memoria colectiva y la historia de la emigración canaria.
Uno de los hermanos, de 103 años, residía en El Tablero, mientras que el otro, de 98 años, vivía en Cuba. La esperanza de un último encuentro se mantuvo viva durante décadas, impulsada por la promesa de una familiar de hacer todo lo posible para que se hiciera realidad.
El proceso no fue sencillo, enfrentando la gran distancia entre Canarias y Cuba, así como numerosas trabas burocráticas, incluyendo la pérdida de documentos esenciales. Sin embargo, la colaboración del Ayuntamiento de San Bartolomé de Tirajana, que en 1994 acordó un hermanamiento solidario con Santiago de Cuba, facilitó las gestiones necesarias para el viaje.
“"Haría todo lo posible para que aquel reencuentro se llevara a cabo."
Finalmente, el hermano cubano fue trasladado a La Habana, donde una breve demora en la embajada española permitió conversaciones profundas que revelaron una memoria prodigiosa, llena de recuerdos de su infancia y juventud en El Tablero y Maspalomas, así como de las costumbres de la época.
Ambos hermanos vivieron vidas marcadas por la dureza de su tiempo, trabajando en condiciones difíciles y sobreviviendo con recursos limitados. La comunidad de El Tablero y Maspalomas de entonces se caracterizaba por una relación estrecha y familiar, forjada por el aislamiento y la necesidad mutua.
La separación inicial ocurrió en 1914, cuando uno de ellos emigró a Cuba a bordo del Valbanera. Tres años después, el otro hermano también viajó a Cuba, permaneciendo allí durante unos nueve años antes de regresar a El Tablero. Desde entonces, cada uno formó su propia familia, con generaciones de descendientes a ambos lados del Atlántico.
El reencuentro, esperado durante casi siete décadas, fue un momento de serenidad y profunda humanidad. Aunque las conversaciones eran escasas, los hermanos compartieron sus últimos días rodeados del cariño familiar, que se encargó de protegerlos de emociones demasiado intensas. Este evento no solo fue un reencuentro familiar, sino también la restitución de una parte de la historia de un pueblo y de la memoria migratoria canaria.




