Comúnmente, se asume que el significado de una palabra es directamente la persona, animal o cosa que designa. Sin embargo, la lingüística y la filosofía contemporáneas revelan una complejidad mayor: existe una distinción crucial entre el valor intrínseco de la palabra, la referencia concreta que designa en un momento dado y el concepto mental que se forma a partir de ella. Esta perspectiva subraya que la significación es la esencia que da forma a la existencia de las cosas.
Por ejemplo, el nombre “casa” implica una “acomodación perfecta”, designando tanto un edificio residencial como la sede de una empresa. De manera similar, “tiempo” sugiere una “puesta a punto”, refiriéndose a la duración o al estado atmosférico. El antropónimo María Estupiñán Wells significa “identificación unipersonal”, abarcando las diversas etapas de la vida de una persona. El topónimo Fuerteventura, como “identificación uniespacial”, engloba sus múltiples realidades históricas y físicas, desde la Fuerteventura bereber hasta la actual.
Esta visión implica que la realidad tal como la conocemos —sea una “casa”, el “tiempo”, María Estupiñán Wells o Fuerteventura— no existiría sin las significaciones que las palabras les otorgan. Como señaló Kant, nuestro intelecto impone sus leyes a la naturaleza a través de las categorías del entendimiento formalizadas en el lenguaje. Las palabras no son meros clasificadores, sino “sonido con significación que hace existir las cosas que designan de una determinada manera”, creando el mundo de nuestras experiencias.
Las palabras no son “ruidos para clasificar cosas”, como suele creerse habitualmente, sino “sonido con significación que hace existir las cosas que designan de una determinada manera”.
La relación entre la significación de una palabra y lo que designa es arbitraria, lo que explica la polisemia. Una misma palabra puede designar realidades muy diferentes, como se observa en el relato El informe de Brodie de Jorge Luis Borges, donde la palabra “nrz” en el lenguaje de los yahoos puede sugerir desde el cielo estrellado hasta la viruela. Esta capacidad de las palabras para abarcar múltiples referencias demuestra que lo constante es la significación inherente y la denotación, no la referencia concreta, que es mutable.
Solo la significación y la denotación garantizan la identidad y unidad de las cosas a lo largo del tiempo. Las personas, animales y objetos son fundamentalmente nombre, y es a través de ellos que perduran en la memoria colectiva, trascendiendo su existencia física. Los nombres nos otorgan una forma de eternidad, y cuando el recuerdo de lo designado se desvanece, el nombre puede perdurar, buscando nuevas encarnaciones. Las palabras son más duraderas que las realidades que designan, constituyendo el vínculo entre generaciones y civilizaciones, y perpetuando el alma humana a través de los siglos.




