La obra de Verdi, aunque quizás menos conocida por sus arias pegadizas, destaca por su innovadora construcción de números cerrados, como el aria de Fiesco, el dúo entre Amelia y Simon, y el original terceto que cierra el segundo acto. La ópera también se distingue por su atmósfera y el uso de colores, con una notable presencia del mar, y un recitativo-arioso más desarrollado. Estos elementos, junto con la exploración de la relación paterno-filial y la poderosa música dramática, mantienen la esencia del genio de Bussetto.
La versión presentada en el coliseo canario ha sido de gran nivel, gracias a la dirección de Francesco Ivan Ciampa, quien logró una soberbia respuesta de la Orquesta Filarmónica de Gran Canaria (OFGC). La orquesta se implicó en el drama, ofreciendo una interpretación llena de claroscuros, lirismo absoluto y gran fuerza expresiva, dominando cada detalle con maestría. La cuerda de la orquesta fue especialmente elogiada por su excelencia y uniformidad.
Entre el elenco vocal, la interpretación de Amelia por Miren Urbieta fue particularmente destacada, mostrando una voz importante, centrada y homogénea, que hizo parecer sencillo un rol de gran complejidad. El barítono Ariunbaatar Ganbaatar, en el papel de Simon Boccanegra, ofreció una actuación refinada y homogénea, a pesar de algún pequeño desliz con el texto, transmitiendo con pasión la energía del personaje. El Paolo de Germán Olvera también fue de gran calidad vocal e interpretativa.
La producción escénica, diseñada por Carlos Santos, fue atractiva, aprovechando la profundidad del escenario con elementos modulares que ofrecieron un buen juego plástico. La iluminación de Grace Morales fue muy acertada, aunque el vestuario se consideró genérico. La dirección de escena de Renato Bonajuto fue correcta, sin entorpecer la trama, pero se echó en falta una mayor habilidad para mover y situar al coro y a algunos cantantes en el escenario.
A pesar de algunas imprecisiones en las entradas y afinaciones del Coro de ACO, la calidad general de la producción fue innegable, culminando en una ovación que reafirmó el valor de la obra de Verdi.




