La autora, Nayra Sanz, explora en su nueva obra cómo el régimen nazi no solo intervino sobre los cuerpos y la identidad, sino que también transformó el lenguaje para construir una cosmovisión totalitaria. La investigación, que parte de la figura de Leni Riefenstahl, se adentra en la política de los cuerpos y la creación de lo que Sanz denomina el 'cuerpo contenido'.
Sanz define el 'cuerpo contenido' como aquel que, partiendo de la supuesta superioridad de la 'raza aria', cede su individualidad en favor de un fin colectivo, resumido en lemas como «Tu pueblo lo es todo» o «Tu conciencia es Adolf Hitler». Este concepto se traslada al 'Estado contenido', evidenciando la regulación de la masa para el proyecto del 'imperio de los mil años'.
La filóloga y cineasta destaca cómo términos como «sangre pura», «raza» o «degeneración» se convirtieron en categorías jurídicas y médicas, normalizando la violencia. Señala la importancia del lenguaje, influenciado por pensadores como Ludwig Wittgenstein, y la tergiversación de palabras como «muertes de gracia» o «bocas inútiles» para justificar el asesinato de personas consideradas «indignas de vida».
El régimen nazi otorgó un papel crucial a las artes y a los artistas, considerándolos «soldados del régimen». El Ministerio de Propaganda, pionero en la historia, reguló la producción de imágenes, especialmente en el cine, para representar la ideología nazi. La autora cita a Gustave Le Bon y su obra Psicología de las multitudes para explicar cómo las masas piensan en imágenes, no en palabras.
Sanz describe la visión nacionalsocialista como una sociedad dicotómica, con un ideal de «realismo idealista» que presentaba modelos de cuerpos y comportamientos como reales y deseables. Hoy, ante la revolución tecnológica y la omnipresencia de las imágenes, la autora reflexiona sobre la responsabilidad política del arte y la producción de imágenes, advirtiendo sobre el riesgo de perplejidad ante los avances que superan nuestra capacidad de asimilación.




