Conocido afectuosamente como Tito en la barriada de La Victoria, este hombre de 94 años posee una memoria prodigiosa que le permite reconstruir la historia de su barrio y de gran parte de Tenerife. Desde su llegada a la barriada en 1945, ha sido testigo de la posguerra, la escasez, las obras de la refinería, la construcción de la Basílica de Candelaria, las huelgas del pan, el auge del taxi y los carnavales.
“"Yo inauguré la barriada de La Victoria."
Fue uno de los primeros habitantes de las viviendas sociales de La Victoria, llegando a los 13 años. Ha visto crecer el barrio desde sus cimientos, conociendo el nombre original de cada bloque y el mural exterior que indica el año de entrega de las viviendas. Sus primeros trabajos incluyeron ser botones en una residencia de oficiales y aprendiz de carpintero, aunque la escasez de madera durante la posguerra dificultó su formación.
Posteriormente, trabajó en un almacén de racionamiento y en una fábrica de mosaicos, pero fue la pintura el oficio que marcó su vida. Aprendió el oficio pintando tanques y estructuras metálicas en la refinería, una etapa que le mostró las duras condiciones laborales de la época. Tras ser despedido para evitar que adquiriera antigüedad, utilizó la indemnización para sacarse el carné de conducir.
A finales de los años cincuenta, participó en la decoración interior de la Basílica de Candelaria, un trabajo que le llevó casi un año. Formó parte del equipo encargado de aplicar los dorados y las decoraciones, utilizando pan de oro de 47 quilates traído de Inglaterra y mezclas precisas de pigmentos. También recuerda al pintor José Aguilar, autor de los frescos de la Basílica, destacando la técnica de ceras teñidas aplicada con espátula y soplete en el altar mayor.
Después de su trabajo en la Basílica de Candelaria, continuó con obras y trabajos eventuales como pintor autónomo, llegando a tener seis empleados. Sin embargo, la crisis económica de la Transición afectó al sector, llevándolo a cambiar de oficio. Se dedicó al reparto de pan y, posteriormente, trabajó como taxista, combinando ambos empleos durante años. También participó en rondallas de carnaval, como la Peña del Lunes 1965, donde ganó un primer premio con la obra Don Quijote.
Este residente de Santa Cruz no solo narra su propia vida, sino que también evoca la historia de una ciudad obrera, de los trabajadores que levantaron iglesias y de los barrios que surgieron entre plataneras y el humo de la refinería, ofreciendo una perspectiva única de un Santa Cruz de Tenerife que pocos recuerdan.




