Este espacio natural, que combina una biodiversidad excepcional con paisajes de aspecto jurásico, cuenta con un sistema de acceso regulado. El objetivo principal es asegurar la supervivencia de su frágil entorno natural y prevenir la degradación causada por la presión humana.
El mayor atractivo botánico de este macizo es la violeta de Anaga. Esta especie endémica se distingue por sus pétalos en tonalidades azul violáceo con matices blancos. Su hábitat se restringe a las zonas más sombrías y húmedas de la laurisilva y los brezales de crestería, donde la influencia directa de los vientos alisios permite una condensación constante de agua.
La supervivencia de esta flor está intrínsecamente ligada a las condiciones climáticas del macizo tinerfeño. La humedad ambiental y la protección del dosel forestal crean el microclima necesario para que este “tesoro” botánico prospere en un área geográfica tan limitada.
La ruta más emblemática para conocer este entorno es la de El Pijaral, popularmente conocida como el Bosque Encantado. Este enclave se encuentra dentro de una zona declarada Reserva de la Biosfera por la UNESCO, lo que subraya su importancia internacional a nivel de conservación.
El sendero de El Pijaral es un itinerario circular de aproximadamente 6,5 kilómetros, con una duración cercana a las tres horas de marcha y una dificultad accesible para senderistas con una condición física media. Durante el trayecto, los visitantes atraviesan túneles naturales formados por la vegetación y zonas de helechos gigantes, bajo una niebla recurrente que define la atmósfera del lugar. Además, la ruta cuenta con varios miradores naturales que permiten observar la orografía de la costa norte de Tenerife.
Debido a la extrema sensibilidad del ecosistema, el acceso al sendero de El Pijaral no es libre. Es obligatorio solicitar un permiso gratuito previo a través de las plataformas oficiales. Este cupo reducido de visitantes diarios es la herramienta clave para minimizar el impacto ambiental y evitar el deterioro del suelo y la flora. Esta regulación asegura que la laurisilva mantenga su integridad y que especies como la violeta de Anaga puedan seguir desarrollándose sin las interferencias derivadas del turismo masivo. Recorrer este sendero en Tenerife supone una experiencia de inmersión en un entorno protegido donde la preservación es la prioridad absoluta.




