La actividad, caracterizada por ser de baja energía y con un patrón repetitivo, se ha localizado a una profundidad aproximada de 10 kilómetros bajo el nivel del mar. Debido a la debilidad de las señales, la mayoría de los microsismos no han podido ser localizados individualmente, por lo que el análisis técnico se ha realizado de forma conjunta.
Según los datos del IGN, ninguno de los sismos ha sido percibido por la población. Este fenómeno es coherente con la presencia de fluidos magmáticos que interactúan con el medio rocoso en profundidad, un comportamiento que ya se ha observado en episodios similares registrados en la isla desde 2016.
Los especialistas subrayan que este tipo de sismicidad, al presentarse de manera aislada, no implica necesariamente una evolución hacia escenarios de mayor actividad volcánica. El sistema interno de Tenerife mantiene una actividad que, aunque persistente en la zona, no permite extraer conclusiones alarmistas sobre una posible erupción.




