La Pizza Arlequín: La primera pizzería de Canarias cumple 60 años en Las Palmas

Un histórico garaje en la calle Tomás Miller se transformó en 1965 en el pionero restaurante italiano del Archipiélago, conservando su esencia.

Fachada de la pizzería La Pizza Arlequín en Las Palmas de Gran Canaria.
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Fachada de la pizzería La Pizza Arlequín en Las Palmas de Gran Canaria.

En el corazón de Las Palmas de Gran Canaria, un antiguo garaje en la calle Tomás Miller alberga la primera pizzería de Canarias, Restaurante La Pizza Arlequín, abierta en octubre de 1965 y que hoy sigue operativa.

El paisaje urbano de las grandes ciudades suele devorar los comercios tradicionales a una velocidad alarmante, pero existen pequeños reductos capaces de frenar el paso del tiempo. En pleno corazón de Las Palmas de Gran Canaria, un antiguo garaje de la calle Tomás Miller esconde el origen de una revolución gastronómica que transformó los hábitos de consumo de todo el Archipiélago. Hablar de este rincón es hablar de la primera pizzería de Canarias, un establecimiento pionero bautizado como Restaurante La Pizza Arlequín, que abrió sus puertas en el lejano octubre de 1965 y que hoy continúa operativo, consolidado como un auténtico museo vivo de la memoria colectiva insular.
A mediados de la década de los sesenta, la realidad de las islas era completamente diferente a la actual. La globalización culinaria no existía y los platos internacionales eran considerados auténticas excentricidades reservadas para las pantallas de televisión o el cine. La sociedad grancanaria conocía la existencia de la cocina italiana más de oídas que por el paladar. El encargado de romper de forma definitiva ese aislamiento cultural fue Jacques Böesser, un visionario emigrante de origen francés que detectó el potencial oculto de un sótano oscuro y angosto, transformándolo en un punto de encuentro dotado de una personalidad estética inconfundible.
La apuesta inicial de Böesser no tardó en arraigar con fuerza entre el vecindario del istmo. El local se convirtió de manera progresiva en el escenario predilecto para la juventud de las décadas de los 80 y 90. Aquellas generaciones recuerdan con especial nostalgia la atmósfera del restaurante, caracterizada por una iluminación tenue indirecta, velas de color rojo y una decoración rústica que simulaba la estructura de una cueva subterránea. Era el espacio idóneo para las primeras citas románticas, las celebraciones familiares íntimas y aquellas conversaciones interminables que daban forma a los planes de futuro de la juventud de la época.
Con el transcurrir de las estaciones, el diseño del local ha experimentado modificaciones lógicas para adaptarse a las normativas y los gustos contemporáneos. La iluminación de baja intensidad dio paso a una claridad más funcional y los elementos decorativos originales se han ido renovando, pero el corazón identitario del negocio permanece inalterado. El gran estandarte de la primera pizzería de Canarias sigue siendo su imponente horno de leña, una maquinaria clásica de donde continúan saliendo masas finas, crujientes y elaboradas bajo un estricto proceso artesanal que se niega a ceder ante la estandarización de los procesos industriales modernos.
La longevidad de este establecimiento de la calle Tomás Miller no debe leerse como una simple anécdota del sector de la restauración. Funciona, en realidad, como un fiel termómetro de la evolución socioeconómica experimentada por la sociedad canaria. El Archipiélago pasó en apenas unas décadas de poseer una oferta de restauración exterior sumamente reducida a constituirse como un dinámico escaparate de culturas internacionales. En ese contexto de apertura al Atlántico, el formato de la pizza encontró su primer hogar en las islas dentro de los muros de La Pizza Arlequín.
El valor diferencial que sostiene al negocio tras sesenta años de actividad ininterrumpida reside en su patrimonio emocional. No resulta extraño observar durante las jornadas estivales cómo se mezclan en sus mesas los acentos de los turistas europeos con las conversaciones de los clientes locales de toda la vida. Muchos de aquellos jóvenes que acudían en los años setenta a descubrir un plato exótico regresan hoy acompañados por sus hijos y nietos, transmitiendo una tradición culinaria que forma parte de su propia biografía personal. Es un traspaso generacional que los nuevos operadores de la restauración organizada no pueden replicar de manera artificial.
La permanencia de la primera pizzería de Canarias demuestra que la resiliencia en la hostelería se cimienta sobre la constancia, el respeto a las recetas originarias y un fuerte arraigo con el entorno vecinal. Las Palmas de Gran Canaria, una urbe acostumbrada a reinventarse y a mirar constantemente hacia la línea del mar, encuentra en estos comedores históricos el contrapeso perfecto para no perder sus señas de identidad. Mientras el icónico horno de leña de Tomás Miller mantenga sus brasas encendidas, la ciudad conservará un fragmento esencial de su historia cotidiana, demostrando que la autenticidad sigue siendo el ingrediente más cotizado por los comensales.