Los pies descalzos: la memoria de la migración en Canarias

Un relato conmovedor sobre la tragedia migratoria en las islas, recordando la visita del Papa y la empatía frente al odio.

Imagen genérica de un muelle en Canarias con elementos que evocan la llegada de migrantes, con un ambiente sombrío y de reflexión.
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Imagen genérica de un muelle en Canarias con elementos que evocan la llegada de migrantes, con un ambiente sombrío y de reflexión.

El texto rememora la dura realidad de la migración en las Islas Canarias, contrastando episodios pasados con la reciente visita papal y la respuesta social ante la tragedia.

El sol abrasador de Arguineguín en noviembre de 2020 se evoca como un eco del presente. Aquel día, una patera llegó a Pozo Izquierdo (Gran Canaria) con 21 personas. Tras ser trasladadas al muelle, los supervivientes, muchos descalzos y con la ropa empapada, fueron alineados antes de acceder a las carpas de acogida.
Poco después, Lanzarote recibió a Mbarka y a su hijo Omar, un niño con parálisis cerebral que buscaba atención médica en Europa. Esa misma noche, vecinos de Órzola se lanzaron al mar en plena oscuridad para rescatar a los ocupantes de otra embarcación que se acercaba a la isla.
Cinco años más tarde, en El Hierro, la escena se repitió en La Restinga. Decenas de personas se arrojaron al agua cuando un cayuco volcó cerca del muelle. La imagen de un oso de peluche y mochilas flotando se convirtió en un símbolo de la tragedia, especialmente cruel con la infancia migrante.
La melodía 'La Nube de hielo' de Benito Cabrera, interpretada durante la visita del Papa León XIV, resonó en Arguineguín como un llamado a la memoria. La música, que precedió a un minuto de silencio, trajo de vuelta los gritos y llantos asociados a la muerte en el Atlántico, como recordó Tito Villarmea, patrón de la Guardamar Urania, quien ha salvado miles de vidas pero también ha presenciado la letalidad del océano.
Hace seis años, en Arguineguín, la falta de recursos y la retención de miles de personas bajo custodia policial durante semanas marcaron un sombrío recuerdo. La sociedad observaba, dividida entre la empatía y el 'odio' que algunos manifestaron hacia los migrantes, a quienes se intentó criminalizar.
La visita papal ha servido como un espejo para la sociedad canaria. En Tenerife, se recordó la ayuda a quienes pasaron noches heladas fuera de Las Raíces. En El Hierro, se pensó en los cuerpos sin nombre velados en sus cementerios. Órzola revivió las vidas salvadas y las perdidas. Mbarka evaluó los riesgos superados por la salud de su hijo, mientras que la madre de Aissatou lloró la pérdida de su hija de cuatro años arrebatada por las fronteras.
Sin embargo, para otros, el espejo solo reflejó odio. Se recordó el uso de bulos para alentar la xenofobia, la persecución a jóvenes, la vinculación de inmigración y delincuencia, la acusación de propagar el coronavirus, las peticiones para impedir atracadas de Salvamento, el rechazo a los muertos en cementerios y la queja por compartir aulas con menores migrantes.
El Papa León XIV recordó desde Canarias que la humanidad no tiene pasaporte y que Europa no puede acostumbrarse a que el Atlántico sea un cementerio. Mientras se levantan muros, en las islas de la memoria se seguirá mirando a los ojos a quienes cruzan el mar, incluso descalzos.