El skyr, un producto lácteo tradicional de Islandia que se asemeja a un yogur pero con componentes más cercanos al queso, está ganando presencia en los lineales de los supermercados. Su popularidad se debe en gran medida a la creciente tendencia hacia la alimentación saludable, destacando por su cremosidad, sabor ligeramente ácido y versatilidad en la cocina.
Este alimento fermentado, similar al queso quark o al fromage frais francés, se caracteriza por su color blanco homogéneo y una textura muy espesa, prácticamente sin agua. Sus orígenes se remontan a Islandia en el año 874, siendo un pilar fundamental en la dieta de sus habitantes desde la época de los vikingos. Se cree que su desarrollo está ligado a los primeros colonos noruegos, quienes lo adoptaron como una fuente concentrada de nutrientes esencial para sobrevivir en un clima riguroso y con recursos limitados.
Elaborado a partir de leche de vaca desnatada y pasteurizada, el proceso de fermentación del skyr implica el uso de bacterias lácticas específicas y cuajo. Tras una fermentación de entre ocho y doce horas, se cuela para eliminar el suero, resultando en una pasta densa. Curiosamente, su producción requiere entre tres y cuatro veces más leche que la de un yogur convencional.
Su perfil nutricional es uno de sus grandes atractivos: una ración aporta entre 11 y 19 gramos de proteína, casi el doble que un yogur natural, y un contenido graso mínimo (0-0,5%). Es además rico en vitaminas y minerales esenciales como el calcio y el potasio, lo que lo convierte en un aliado para fortalecer huesos y músculos. El proceso de colado también reduce significativamente su contenido de lactosa, haciéndolo apto para muchas personas con intolerancia leve.
Desde sus orígenes vikingos hasta las mesas actuales, el skyr ofrece múltiples usos culinarios. Puede consumirse directamente, como base para bowls con frutas y granola, o como sustituto saludable de cremas y quesos untables en salsas y dips. En Islandia, su uso tradicional es como parte de un porridge o gachas.




