La muestra no solo exhibe herramientas y piezas tradicionales, sino que también da voz a algunos de los últimos carpinteros que mantienen vivo este arte. A través de sus recuerdos, los visitantes descubren una profesión donde la paciencia, el conocimiento de la madera y el trabajo artesanal dictaban el ritmo diario.
Manuel Almeida, de 82 años, recuerda cómo desde los diez años alternaba entre un taller mecánico y una carpintería, aprendiendo el oficio por vocación. Relata que fabricar un dormitorio completo, incluyendo ropero, cama, cómoda y mesillas, era un proceso artesanal que podía llevar semanas. Los muebles tallados, que costaban entre 10.000 y 12.000 pesetas, eran una inversión vitalicia. Almeida confiesa que el oficio ha cambiado tanto que llegó a desaconsejar a su nieto Alejandro que se dedicara a él, reflejando el difícil relevo generacional.
Simeón Santana, de 92 años, comenzó a los catorce junto a su hermano, maestro tallista. Sus primeros trabajos incluyeron la fabricación de pequeños joyeros, piezas que simbolizaban afectos. Jesús Pérez Romero, hijo del carpintero Agustín Pérez Quintana, ha dedicado más de cinco décadas al oficio. Él subraya la profunda transformación: 'Antes todo era serrucho, cepillo y lija. Hoy casi todo lo hacen las máquinas'. Pérez señala que el problema no es solo la tecnología, sino el cambio en los hábitos de consumo, ya que 'nadie paga ya el trabajo que lleva un mueble hecho completamente a mano'.
La competencia de la fabricación industrial y las grandes superficies ha llevado al cierre de la mayoría de los talleres tradicionales, quedando apenas un carpintero dedicado a este oficio en Ingenio. Sin embargo, Pérez ve esperanza en la restauración de viviendas tradicionales y la conservación del patrimonio arquitectónico, que requiere la recuperación de elementos de madera.
Sebastián Viera Martín, de 77 años, bromea recordando que a los carpinteros se les reconocía por haber perdido falanges en el taller y por ser 'mentirosos' con las fechas de entrega, una anécdota que escondía la realidad del tiempo y el trabajo que requería cada pieza.
Más allá de la nostalgia, el 'Rincón de los Oficios' invita a reflexionar sobre el valor de un trabajo donde cada mueble era único y duradero. Frente a la cultura de lo inmediato, la exposición, que se puede visitar en el hall del ayuntamiento de la Villa de Ingenio, reivindica la paciencia, el conocimiento intergeneracional y el respeto por un patrimonio que define la identidad del municipio.




