Tras una emotiva despedida en Barcelona, el Papa Francisco, primer pontífice en pisar suelo canario, aterrizó en Gran Canaria para su penúltima etapa en España. En Arguineguín, acompañado por el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, visitó el muelle, que la Iglesia busca transformar en un "muelle de la esperanza". Allí, bendijo una cruz hecha con madera de embarcaciones de migrantes y depositó flores en memoria de las víctimas del mar.
Visiblemente emocionado, el Papa proclamó: "Europa no puede acostumbrarse a que el Mediterráneo y el Atlántico sean cementerios sin lápidas". Recordó que "no son números ni expedientes, son personas con una familia y una casa dejada atrás", tras escuchar testimonios, como el de Blessing, una mujer víctima de trata que habló sin mostrar el rostro.
“"Ustedes son personas con una familia y una casa dejada atrás; con sueños que nadie tiene derecho a despreciar. Pero también quiero decirles que su vida debe ser protegida. No entreguen su existencia a quienes comercian con ella. No les crean a quienes prometen paraísos fáciles a cambio de su cuerpo, de dinero, de silencio o de su libertad. Esas falsas promesas son "cantos de sirenas"."
El pontífice cerró su discurso advirtiendo que "la historia no tendrá que acusarnos de haber convertido el dolor de los que sufren en paisaje habitual de nuestras costas". Señaló que "cada vida que llega nos pregunta qué queda de nuestra humanidad" y que "tarde o temprano, se sabrá si supimos custodiarla o si dejamos que la indiferencia hablara por nosotros".
El Papa enfatizó que "aquí el Evangelio nos arranca del lugar cómodo del espectador y nos sitúa ante el hermano que llega", preguntando si se ha sabido reconocer a Cristo en quienes desembarcan "marcados por el miedo, el hambre y la violencia". Citó El Hierro, mencionando la fragilidad de los cayucos y la llegada de "personas recuperadas del mar y cuerpos exánimes rescatados de las aguas", subrayando que "el Sucesor de Pedro no puede desentenderse de estos muelles".
Denunció la existencia de "monstruos que acechan estos mares: mafias que trafican con la desesperación, tratantes que esclavizan mujeres y niños y la indiferencia de muchos". Agradeció la labor de Cáritas y otras instituciones, instando a dejar de ver a los migrantes "como uno más" y a comprender que "esa niña podría ser nuestra hija, esos rostros parte de nuestra familia".
“"Tu vida no es de quienes te dañaron; tu cuerpo no es de quienes se aprovecharon de ti; tus días no pertenecen a quienes quisieron encadenarlos al miedo. Tu vida pertenece a Dios y conserva una dignidad que no pueden arrancarte. Y nosotros queremos caminar contigo hasta que esa verdad vuelva a sentirse más fuerte que el dolor."
El pontífice recalcó que no basta con "gestionar llegadas, distribuir cifras, reforzar fronteras o lamentar las muertes". Cada barca trae una pregunta sobre el mundo construido, "si tantos hermanos tienen que arriesgar la muerte para buscar vida". Abogó por "vías legales y seguras, rescate y asistencia, cooperación real contra los traficantes, protección efectiva a las víctimas, procesos serios de acogida e integración, y políticas que permitan a cada persona vivir con dignidad en su propia tierra".
Finalmente, citando a San Agustín, el Papa concluyó abogando por que "el Dios que 'en el ocaso de la vida nos juzgará sobre el amor' nos conceda reconocerlo hoy en los pobres y en los extranjeros, y nos libre de mirar el dolor ajeno como si no nos perteneciera".