El taller, de apenas diez metros cuadrados, evoca una atmósfera de mediados del siglo XX, con el característico olor a cuero y un aparente desorden que esconde décadas de historia. Estanterías repletas de calzado, herramientas antiguas y objetos variopintos decoran el espacio, reflejando la esencia de un oficio que se niega a extinguirse.
Los hermanos, de 61 y 59 años, se presentan como los últimos zapateros remendones de Tenerife, una realidad que lamentan profundamente. Temen que su labor tradicional se pierda, no solo en Canarias, sino también en el resto de España, en una era dominada por el consumismo y la producción masiva de calzado, principalmente de China e India.
“"Uno no se hace rico con esto, pero sí puede vivir dignamente."
La tendencia actual de comprar y desechar, en lugar de reparar, ha provocado la desaparición de muchos artesanos del cuero. Sin embargo, estos hermanos representan una excepción, manteniendo vivo el legado de su padre, quien abrió la Zapatería Chávez en 1951 en el mismo lugar, cuando la competencia en La Orotava era de una veintena de talleres.
El padre de los actuales zapateros, que comenzó como aprendiz a temprana edad, se independizó a los 19 años y estableció su negocio en el pintoresco jardín de San Francisco, cerca de la Casa de Los Balcones y el ayuntamiento. A pesar de la disminución de clientes en comparación con décadas anteriores, el taller sigue recibiendo un flujo constante de trabajo, demostrando la necesidad de este servicio artesanal.
Ambos hermanos comenzaron a trabajar en el taller familiar a los 14 y 15 años, respectivamente. Aunque han cotizado muchos años, lamentan que la falta de contratos formales en el pasado haya afectado su historial laboral. Su mayor preocupación es que, una vez se jubilen, no haya nadie que continúe con el oficio, ya que los intentos de formar aprendices se han visto frustrados por la burocracia y la falta de tiempo para la enseñanza.
Critican la ausencia de formación reglada para oficios como el suyo, que, al igual que el de herrero, están en riesgo de desaparecer. Explican que, a diferencia de los talleres modernos que solo pegan o cosen rápidamente, su trabajo implica reparaciones complejas, desde suelas y puntas hasta asas de bolsos y cremalleras, a menudo utilizando técnicas tradicionales y herramientas antiguas. Los precios de sus servicios oscilan entre los tres y veinte euros, aunque algunos trabajos más elaborados pueden superar los cuarenta.
Entre las anécdotas que atesoran, uno de los hermanos recuerda un encargo de zapatos a medida para un cliente con un pie más corto que el otro. El cliente nunca los recogió, pero tiempo después apareció otra persona con el mismo problema y número de pie, lo que permitió resolver la situación de manera inesperada. A pesar del aparente desorden, que a veces provoca la confusión de algún par, los hermanos continúan con su labor, conscientes de que son los últimos guardianes de una tradición que enriquece el patrimonio de Tenerife.




