La historia de la Iglesia católica en Canarias es un fiel reflejo de la evolución del archipiélago, marcada por la lejanía, la conquista y la hegemonía de las islas capitalinas. Tras 622 años desde la creación del Obispado Rubicense, el Papa León XIV se convertirá en el primer sumo pontífice en visitar las islas.
El primer obispado canario data de mediados del siglo XIV, con la creación del Obispado de la Fortuna en Telde por Clemente VI, impulsado por misioneros mallorquines y catalanes. Sin embargo, este obispado desapareció a principios del siglo XV sin que ninguno de sus cuatro obispos residiera en las islas.
La historia eclesiástica isleña estuvo marcada por la ausencia de obispos. El primer obispo del Obispado Rubicense, Fray Alonso de Sanlúcar de Barrameda, se negó a viajar a Canarias, al igual que su sucesor, Fray Mendo de Viedma. Esta situación llevó a la creación del Obispado de Fuerteventura en 1424 por el papa Martín V, cuyo obispo nombrado, Fray Martín de las Casas, tampoco llegó a pisar su sede.
La coexistencia de ambos obispados concluyó en 1431 con el fallecimiento de Fray Mendo de Viedma, quien sí viajó a Lanzarote. Poco después, en 1435, el papa Eugenio IV ordenó el traslado del obispado a Gran Canaria, aunque la mudanza no se materializó hasta medio siglo después, una vez finalizada la conquista de la isla.
La expansión de la Iglesia en Canarias se desarrolló en paralelo a la conquista. Si bien algunos buscaban el control del archipiélago, esclavizando y exterminando a la población aborigen, la Iglesia, en sus inicios, mostró críticas hacia estas barbaridades. Obispos como Calvetos, Diego López de Illescas, Juan de Frías y Miguel López de la Serna se posicionaron contra la esclavitud y los excesos cometidos contra los nativos, enfrentándose a figuras como Hernán Peraza y Pedro de Vera.
No obstante, también hubo obispos que patrocinaron dichos excesos, como Francisco de Moya, quien fue cesado por su participación en el asalto a La Palma. Durante el siglo XVI, proliferaron conventos fundados por agustinos y dominicos, impulsando la labor formativa, social y caritativa de la Iglesia.
El último gran cambio para la Iglesia canaria llegó en 1819 con la creación del Obispado de Tenerife por el papa Pío VII, aunque su consolidación se retrasó hasta finales del siglo XIX. Tras varios nombramientos y restablecimientos, la diócesis Nivariense fue restaurada en 1877.




