Mucho antes de la medicina moderna, los antiguos habitantes del archipiélago ya se enfrentaban a patógenos letales que llegaban a bordo de barcos europeos. Lo que comenzó como un proceso de evangelización y conquista se transformó en un desafío biológico que diezmó a la población aborigen y dejó una huella imborrable en el desarrollo de las ciudades isleñas.
Las fuentes etnohistóricas ya apuntan a brotes extraños en Gran Canaria desde el siglo XIV, posiblemente introducidos por monjes mallorquines. Los isleños, ante la incomprensión de la ciencia, interpretaban estas muertes como un castigo divino. Sin embargo, el episodio más documentado y trágico llegaría durante la conquista de Tenerife: la conocida como “modorra guanche”.
Entre el otoño de 1494 y el invierno de 1495, una enfermedad misteriosa conocida como la “modorra” acabó con la vida de unos 5.000 aborígenes en Tenerife.
El historiador Viera y Clavijo la describió siglos después como una mezcla de fiebres malignas y una letargia venenosa. Este virus, similar a una gripe aguda, fue un aliado inesperado para las tropas castellanas. Mientras los guanches morían por miles tras su victoria en Acentejo, los conquistadores vieron en la epidemia un “milagro” enviado para facilitar su victoria. Este fue el primer gran ejemplo de cómo las epidemias actuaron como un factor determinante en la geopolítica del momento, permitiendo acelerar el control total sobre la isla de Tenerife.
Con la consolidación de la etapa moderna, las enfermedades contagiosas se volvieron “periódicas y reiterativas”, según explica el historiador Pedro Quintana Andrés. Tres grandes sombras acecharon a los canarios durante siglos: la peste bubónica, la fiebre amarilla y el cólera morbo. La peste de 1582 en Tenerife es una de las crónicas más fascinantes. La tradición cuenta que el origen estuvo en unos tapices orientales traídos desde Flandes por el gobernador, aunque investigaciones recientes sugieren que el foco real fue un barco procedente de Las Palmas que no cumplió con el degredo. La virulencia fue tal que murieron entre 5.000 y 7.000 personas, una cifra aterradora para una población que apenas alcanzaba los 20.000 habitantes.
Ante la falta de hospitales, las medidas de contención eran extremas, incluyendo cordones sanitarios entre La Laguna y Santa Cruz, castigos ejemplares para quienes se saltaran el aislamiento y vigilancia costera para impedir desembarcos no autorizados de mercancías.
El siglo XIX no trajo tregua. En 1851, Gran Canaria vivió uno de sus peores capítulos con el cólera morbo, que dejó unos 6.000 fallecidos. Se dice que la paciente cero fue una lavandera del barrio de San José que se contagió al manipular la ropa de los tripulantes de un navío procedente de Cuba. La saturación fue tal que los arenales de Las Palmas se convirtieron en inmensas fosas comunes.
En Fuerteventura y Lanzarote, el panorama era distinto pero igualmente trágico. Allí, más que los barcos extranjeros, el gran enemigo era la “epidemia del hambre”. Las sequías prolongadas provocaban una desnutrición crónica que hacía a la población vulnerable a cualquier patógeno local como el tifus. Los cabildos majoreros, conscientes de su fragilidad, cerraban a cal y canto los puertos de El Tostón o Pozo Negro cada vez que se rumoreaba un brote en las islas capitalinas.
La rápida propagación de las epidemias en Canarias se explica por el estado insalubre de las ciudades. Según el catedrático Manuel Lobo, la falta de higiene era absoluta: animales sueltos, basura acumulada junto a las casas y la costumbre de enterrar a los muertos dentro de las iglesias convertían a los núcleos urbanos en trampas mortales. Con apenas uno o dos médicos por isla, que solo disponían de sangrías y hierbas, el destino de los enfermos quedaba, casi siempre, en manos de la fe y las rogativas a la Virgen de Candelaria o al Cristo de Vera Cruz.




