El pasado 25 de abril, una ofensiva coordinada de grupos yihadistas y milicias tuareg sacudió Mali, destacando la caída de Kidal, una plaza estratégica en el norte. Este evento reveló los límites del despliegue ruso en la zona, con el repliegue de las fuerzas del África Corps, herederas de la antigua organización Wagner, y la consiguiente erosión del relato de control que Moscú había construido en el Sahel.
La retirada rusa no ha provocado un colapso del gobierno pro-ruso actual, pero sí ha evidenciado que la salida de las tropas europeas, incluyendo las de España, y la entrada de Rusia no han logrado un nuevo equilibrio, sino la perpetuación de un conflicto de larga duración. Los ataques recientes no se limitaron al norte, alcanzando las proximidades de Bamako e incluso la residencia del ministro de Defensa, principal aliado de Rusia en la región.
La inestabilidad ha dejado de ser periférica y se ha instalado también en el entorno de la capital.
Aunque el Estado maliense no ha colapsado, su control territorial se ha reducido. Una fuerza unificada de Níger, Burkina Faso y Mali, países gobernados por juntas militares, respondió con una campaña aérea contra las ciudades bajo control rebelde. Esta fuerza, que se amplió a 15.000 efectivos a mediados de abril, busca combatir a los grupos terroristas.
La situación sobre el terreno sigue siendo volátil, con una alianza táctica entre yihadistas y grupos tuareg que complica la estabilización. La presencia rusa, que ha sustituido a la francesa, no ha resuelto el problema y, según algunos análisis, lo ha agravado, fortaleciendo a los insurgentes. Mientras Rusia minimiza los reveses, la Unión Europea describe la situación como una “humillación” y considera la necesidad de retomar su presencia en la zona para prevenir conflictos y abordar las causas profundas de la migración y la delincuencia organizada.
Para Canarias, la crisis en Mali se traduce en una creciente tensión política y una mayor presión migratoria. Aunque el Archipiélago no decide sobre el conflicto en el Sahel, gestiona directamente sus consecuencias, ya que la inestabilidad, el yihadismo y la pobreza impulsan la emigración irregular hacia las islas, consolidando la ruta atlántica con miles de llegadas.




